Fabra, Rajoy y las reacciones

Carlos Fabra, en el centro, junto a Francisco Camps en la inauguración del aeropuerto de Castellón, en 2011. Foto: commons.wikipedia.org.

Carlos Fabra, en el centro, junto a Francisco Camps en la inauguración del aeropuerto de Castellón, en 2011. Foto: commons.wikipedia.org.

Al Partido Popular (aunque no sea el único) le crecen los corruptos. Después de la penúltima (por el momento) noticia que vincula a la formación presidida por Mariano Rajoy con la financiación irregular, en el mismo capítulo de la trama Gürtel que ha obligado a dimitir a la ministra Mato, el expresidente de la Diputación de Castellón Carlos Fabra ha ingresado ya en la prisión de Aranjuez para cumplir con su pena de cuatro años de cárcel por delitos fiscales contra la Hacienda pública.

El mismo Fabra que inauguraba el aeropuerto de Castellón, todavía sin aviones en pista; el que ‘inexplicablemente’ ganó cuatro veces el Gordo de Navidad; aquel que ha retrasado hasta lo imposible su caso -que ha pasado por nueve jueces distintos– y que terminó pidiendo el indulto, infructíferamente, asoma ahora por las rejas de la cárcel madrileña, después de los años de vino y rosas al frente del PP castellonense, sin nadie que le tosiera.

El azar (o imprevisibilidad) de las instrucciones judiciales ha querido que este ingreso se produzca pocos días después de la comparecencia de Rajoy en el debate sobre corrupción en el Congreso de los Diputados, en el que el Presidente del Gobierno insistió en la idea de que “la corrupción no está generalizada”. No se sabe a ciencia cierta el objeto de este mensaje: si el gabinete popular quería enfriar los ánimos enrabietamos de Podemos, como un mensaje a la población más indignada, o bien si quería cubrirse las espaldas.

Lo que parece claro, ante casos como el de Fabra (tan cercanos, en tiempo y en siglas), es que la idea de las ovejas negras se aleja cada vez más del imaginario colectivo. Lo que Rajoy atribuía a la influencia de los medios de comunicación (que, empecinados ellos, siguen llenando sus portadas con el último concejal procesado) bien puede simbolizar una manera de ver y de actuar contra esta lacra: la inacción, que como tal también es una forma de acción, a través de la negación de la realidad. Nada existe si no se admite.

La filosofía de Rajoy, tan prudente y alejada de la contundencia, le perjudica cada vez que habla de los casos de corrupción en sus propias filas. Así, la hemeroteca cuenta con espléndidos vítores hacia políticos encausados de sus siglas, en los que, por ejemplo, tacha al citado Fabra como “un ciudadano y un político ejemplar”, y se escuda en sus exitosos resultados electorales.

Pero algo falla cuando nadie reacciona. El Presidente, olvidando los nombres propios de aquellos que estuvieron a su lado cuando resultan ya demasiado tóxicos (véase el tabú ‘Bárcenas’). Su aparato, sin tomar medidas serias y contundentes más allá de reiterar la machacada palabra “regeneración”, de la cual todavía estamos por saber su significado real (el de la RAE resulta más bien etéreo). Y lo más importante, los votantes, que parecen sentirse satisfechos con sus dirigentes más próximos si estos les dejan las calles limpias, aunque la suciedad se acumule en los despachos de ayuntamientos y diputaciones.

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Publicado el 1 diciembre, 2014 en España, Opinión y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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